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Claudio Heilborn

Claudio Heilborn es fundador de varias empresas, entre ellas su niña mimada MD Marketing Digital. Con formacion técnica en Ingeniería, se ha dedicado al área comercial casi desde los comienzos de su carrera laboral. Su experiencia abarca el marketing de real estate y el diseño y financiamiento de start ups. En los ultimos años apasionado por el marketing online se ha dedicado a su estudio y a la conformacion de un compacto grupo de jovenes profesionales con solida formacion tecnica y humana: MD Marketing Digital.

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Roy es tapicero y restaurador de muebles. También repara sillas y mesas que han perdido un travesaño o una pata o que están desvencijadas. Ya no quedan muchas personas que hagan esa clase de trabajo, y Roy acepta más encargos de los que puede cumplir. No sabe qué hacer. Para no contratar a nadie que lo ayude se excusa diciendo que el gobierno lo obligaría a meterse en un montón de papeleos, pero en realidad podría ser que está acostumbrado a trabajar solo —se dedica a esto desde que abandonó el ejército— y le cuesta imaginarse con alguien al lado todo el tiempo. Si su esposa Lea y él hubieran tenido un hijo, al chico quizá habría llegado a interesarle el trabajo y se habría metido con él en el taller cuando hubiera sido mayor. O incluso si hubieran tenido una hija. Durante un tiempo pensó en enseñarle el oficio a Diane, la sobrina de Lea. Cuando era pequeña siempre andaba por allí observándolo y después de casarse —de repente, a los diecisiete años— lo ayudó un poco porque su marido y ella necesitaban dinero. Pero estaba embarazada y el olor del disolvente, los tintes, el aceite de linaza, el barniz y los humos le producían náuseas. Por lo menos eso era lo que le decía a Roy. A su tía le contó la verdad: a su marido no le parecía un buen trabajo para una mujer.
una mujer.

De modo que ahora tiene cuatro hijos y trabaja en la cocina de un asilo de ancianos. Al parecer su marido piensa que eso sí está bien.
De modo que ahora tiene cuatro hijos y trabaja en la cocina de un asilo de ancianos. Al parecer su marido piensa que eso sí está bien.

Roy tiene el taller en un cobertizo detrás de la casa. Lo calienta con una estufa de leña, y obtener el combustible para la estufa lo ha llevado a interesarse por otra cosa, algo privado pero no secreto. Es decir, lo sabe todo el mundo pero nadie sabe si piensa mucho en ello ni qué significa para él.

Cortar madera.

Tiene un camión de dos ejes, una motosierra y un hacha de tres kilos. Cada día pasa más tiempo en el bosque cortando leña. Como resulta que es más de la que necesita, le ha dado por venderla. En muchas casas modernas tienen una chimenea en el salón y otra en el comedor y una estufa en el cuarto de estar. Y las quieren siempre encendidas, no solo para las fiestas o en Navidad.

Cuando Roy empezó a ir al bosque Lea se preocupaba. Le preocupaba que sufriera un accidente mientras estaba allí solo, y también que descuidara el trabajo. No porque fuera a resentirse la calidad, sino por las entregas. «No puedes fallarle a la gente —decía—. Si alguien te pide una cosa para tal día, por alguna razón será».
entregas. «No puedes fallarle a la gente —decía—. Si alguien te pide una cosa para tal día, por alguna razón será».

Lea tenía la idea de que el negocio de Roy era una obligación, algo que hacía para ayudar a la gente. Cuando subió los precios le dio vergüenza —también a él, la verdad—, y se desvivía por explicarle a la gente lo mucho que le costaban los materiales.

Mientras Lea trabajó, a Roy no le resultaba difícil irse al bosque cuando ella salía de casa y volver antes de que regresara. Lea trabajaba de recepcionista y contable en la consulta de uno de los dentistas del pueblo. Era un buen trabajo para ella, porque le gustaba hablar con la gente, y también para el dentista, porque Lea era de una familia grande y leal y a sus parientes no se les habría ocurrido confiar su dentadura a nadie sino a su jefe.

Esos familiares, los Bole, los Jetter y los Poole iban mucho por la casa, o Lea por la suya. Formaban un clan que no siempre disfrutaba de la compañía mutua pero que procuraba que no les faltara. Se apiñaban veinte o treinta en una casa en Navidad o el día de Acción de Gracias, y un domingo normal y corriente podían juntarse doce para ver la televisión, cocinar y comer. A Roy le gusta ver la televisión, le gusta charlar y le gusta comer, pero no dos cosas a la vez y mucho menos tres. Así que cuando decidían reunirse un domingo en su casa, acostumbraba a irse al cobertizo y encender un fuego con madera de quiebrahacha o manzano, ambas de aroma dulce y reconfortante, pero sobre todo la de manzano. Siempre tenía una botella de whisky de centeno a la vista, en la estantería de los aceites y los tintes. También tenía whisky en casa, y no era tacaño a la hora de ofrecérselo a las visitas, pero la copa que se servía cuando estaba solo en el cobertizo sabía mejor, igual que el humo olía mejor cuando no había nadie que dijera: «¿A que es una maravilla?». No bebía cuando trabajaba con los muebles ni cuando iba al bosque; solo esos domingos en que se le llenaba la casa de invitados.
bebía cuando trabajaba con los muebles ni cuando iba al bosque: solo esos domingos en que se le llenaba la casa de invitados.

Que se fuera en solitario no representaba ningún problema. Los parientes no se ofendían; las personas como Roy, que acababa de entrar a formar parte de la familia y ni siquiera había aportado hijos y no era como ellos, les interesaban más bien poco. Ellos eran grandotes, comunicativos, habladores. Roy era bajo, conciso, callado. Su esposa era una mujer de trato fácil y quería a Roy tal como era, de modo que no le reprochaba nada ni se disculpaba por él.

Los dos tenían la sensación de significar más el uno para el otro, por alguna razón, que las parejas cargadas de hijos.
Los dos tenían la sensación de significar más el uno para el otro, por alguna razón, que las parejas cargadas de hijos.

El invierno anterior Lea había estado enferma, con gripe y bronquitis, casi continuamente. Pensó que había cogido todos los gérmenes de la gente que iba a la consulta del dentista y dejó el trabajo. Dijo que de todos modos empezaba a cansarle un poco y que quería más tiempo para hacer cosas que siempre había deseado hacer.

Pero Roy no llegó a averiguar en qué consistían esas cosas. La fortaleza de Lea había sufrido un bajón del que no se recuperaba. Y eso parecía haber provocado un profundo cambio en su personalidad. Las visitas la ponían nerviosa, su familia más que nadie. Estaba demasiado cansada para charlar. No quería salir. Mantenía la casa en un estado aceptable, pero tenía que descansar entre una tarea y otra, de modo que los quehaceres más sencillos le llevaban todo el día. Dejó de interesarle la televisión, aunque la veía cuando Roy la ponía y perdió su figura redondita y graciosa y se quedó delgada, sin curvas. El calor, el brillo —lo que quiera que la hiciera guapa— desapareció de su rostro y de sus ojos marrones.

El médico le dio unas pastillas, pero ella no sabía si le servían de algo. Una de sus hermanas la llevó a un especialista en medicina holística, y la consulta costó trescientos dólares. Tampoco sabía si le había servido de algo.

Roy echa de menos a la esposa a la que estaba acostumbrado, con sus bromas y su energía. Quiere que vuelva, pero no puede hacer nada, salvo tener paciencia con aquella mujer seria y apática que a veces agita una mano delante de la cara como si le molestara una telaraña o se hubiera metido en un zarzal. Sin embargo, cuando se le pregunta si ve bien, asegura que sí.

Ya no conduce. Ya no dice nada de que Roy vaya al bosque.

A lo mejor se espabila, comenta Diane. (Diane es casi la única persona que sigue yendo a la casa). O a lo mejor no.
A lo mejor se espabila, comenta DIane. (Diane es casi la única persona que sigue yendo a la casa). O a lo mejor no.

Eso es más o menos lo que había dicho el médico, con palabras mucho más prudentes. Dice que las pastillas que le ha dado evitarán que se hunda demasiado. ¿Y qué es hundirse demasiado? ¿Cómo se sabe?, piensa Roy.

A veces encuentra un bosque que los del aserradero han talado, con las copas de los árboles en el suelo. Y a veces encuentra uno donde ha entrado el servicio forestal y ha marcado los árboles que a su juicio hay que quitar porque están torcidos, enfermos o no sirven para la construcción. El quiebrahacha, por ejemplo, no sirve para la construcción, y tampoco el espino ni el haya azul. Cuando da con un bosque así se pone en contacto con el agricultor o quienquiera que sea el propietario, negocian y, si llegan a un acuerdo en el pago, recoge la madera. Gran parte de esta labor se hace a finales de otoño —ahora, en noviembre o a principios de diciembre— porque es buena época para vender la leña y el mejor momento para meter el camión en el bosque. Hoy en día los granjeros no siempre tienen un sendero bien abierto para ir hasta allí, como cuando cortaban y transportaban la madera ellos mismos. A veces hay que atravesar los sembrados, y eso solo es posible en dos épocas del año: antes de arar y después de la cosecha.

Después de la cosecha es el mejor momento, cuando la tierra se endurece con la escarcha. Y este otoño hay más demanda de madera que nunca, y Roy ha estado saliendo dos o tres veces a la semana.
Después de la cosecha es el mejor momento, cuando la tierra se endurece con la escarcha. Y este otoño hay más demanda de madera que nunca, y Roy ha estado saliendo dos o tres veces a la semana.

Muchas personas reconocen los árboles por las hojas, la forma o el tamaño, pero en las profundidades del bosque sin follaje Roy los conoce por la corteza. El recio tronco del quiebrahacha, esa leña pesada y fiable, tiene una corteza marrón y erizada, pero las puntas de las ramas son lisas e indudablemente rojizas. El cerezo es el árbol más negro del bosque, y su corteza forma pintorescas laminillas. A la mayoría de las personas les sorprendería lo altos que crecen allí los cerezos: nada que ver con los cerezos de los huertos. Los manzanos se parecen más a sus colegas de huerto: no demasiado altos, la corteza no tan claramente laminada ni oscura como la del cerezo. El fresno es un árbol marcial de tronco con estrías longitudinales. La corteza gris del arce tiene una superficie irregular, y las sombras producen rayas negras, que en algunos casos se cruzan formando rectángulos ásperos y en otros no. Esa corteza tiene un aire de descuido reconfortante, apropiado para el arce, casero y familiar, el árbol que imagina la mayoría de la gente cuando piensa en un árbol.

Hayas y robles son otra historia; tienen algo único y dramático, aunque ninguno de los dos luce una forma tan bonita como la de los grandes olmos, que prácticamente han desaparecido. El olmo tiene la corteza gris y oscura, la piel de elefante preferida para tallar iniciales. Esas tallas se dilatan con los años y las décadas, y de finas hendiduras de cuchillo pasan a convertirse en manchas que al final dejan las letras ilegibles, más anchas que largas.

Los olmos llegan a medir treinta metros en el bosque. En los lugares abiertos se extienden y son tan anchos como altos, pero en el bosque se disparan hacia arriba, las ramas de la copa se desvían radicalmente hasta parecer cuernos de ciervo. Sin embargo, este árbol de porte tan arrogante puede tener un defecto, la fibra revirada, que se manifiesta formando ondulaciones en la corteza. Eso indica que el viento fuerte lo puede romper o tirar. En cuanto a los robles, no abundan tanto en esta zona, no tanto como los olmos, aunque se distinguen fácilmente. Así como el arce parece el árbol imprescindible en el jardín trasero, el roble parece un árbol de cuento, como si en todos los cuentos que empiezan con «Érase una vez en el bosque» este bosque estuviera lleno de robles. Las hojas dentadas, oscuras y lustrosas le dan ese aspecto, pero es igualmente legendario cuando ha perdido el follaje y se ve la corteza gruesa, como acorchada, de un negro grisáceo y de superficie intrincada, y las ramas tan enroscadas y curvadas.
grisáceo y de superficie intrincada, y las ramas tan enroscadas y curvadas.

Roy piensa que ir solo a cortar árboles entraña pocos riesgos si sabes lo que te haces. Cuando vas a cortar un árbol, lo primero es calcular el centro de gravedad y después cortar una cuña de setenta grados, justo debajo del centro de gravedad. Naturalmente, el lado donde se haga la cuña será hacia donde caerá el árbol. Se da un corte desde el lado opuesto, no para llegar hasta la cuña, sino alineado con su punto más alto. La idea consiste en atravesar el árbol, dejando al final una bisagra que es el centro mismo del peso del árbol, por donde debe caer. Lo mejor es derribarlo lejos de las demás ramas, pero a veces no hay manera de hacerlo. Si un árbol queda apoyado en las ramas de otros árboles y no se puede meter un camión para sacarlo con una cadena, se corta el tronco en secciones desde abajo, hasta que la parte superior se desprende y cae. Cuando derribas un árbol y queda reclinado en sus propias ramas, se baja el tronco hasta el suelo cortando la madera de las ramas hasta llegar a la que lo entorpece. Estas ramas están sometidas a presión —pueden curvarse como un arco— y el truco consiste en cortar de tal manera que el árbol ruede hacia donde no estás tú para que las ramas no te golpeen. Cuando repose tranquilamente en el suelo, se corta el tronco en leños y se parten con el hacha.
que el árbol ruede hacia donde no estás tú para que las ramas no te golpeen. Cuando repose tranquilamente en el suelo, se corta el tronco en leños y se parten con el hacha.

A veces te llevas una sorpresa. Algunos bloques no se dejan partir con el hacha; hay que ponerlos de lado y romperlos con una motosierra, y el serrín y la fibra salen en largas tiras. También hay que partir de lado la madera de algunos arces y hayas, cortar el gran bloque redondo a lo largo de los anillos de crecimiento por todas partes hasta que queda casi cuadrado y se puede acometer más fácilmente. A veces te encuentras con madera podrida, entre cuyos anillos ha crecido un hongo. Pero por lo general la dureza de los bloques es la que esperas, mayor en el tronco que en las ramas, y mayor en los troncos anchos que han crecido en terreno más abierto que en los altos y delgados que se yerguen en medio del bosque.

Sorpresas. Aunque se puede estar preparado. Y si estás preparado, no hay ningún peligro. Antes Roy pensaba que le explicaría todo esto a su mujer. El procedimiento, las sorpresas, la identificación. Pero no se le ocurría cómo plantearlo para que a Lea le interesara. A veces pensaba que ojalá le hubiera transmitido estos conocimientos a Diane cuando era más joven. Ahora Diane ya no tenía tiempo.

Y en cierto modo los pensamientos que dedica a la madera son demasiado personales; son codiciosos y casi obsesivos. A pesar de que nunca ha sido avaricioso en otro sentido, es capaz de pasar despierto noches enteras pensando en una magnífica haya a la que quiere echar el guante, preguntándose si resultará tan provechosa como parece o si le jugará una mala pasada. Piensa en todos los cotos del condado que no ha visto, porque se extienden detrás de las granjas, en terrenos privados. Si va por una carretera que atraviesa un bosque, no para de mover la cabeza de un lado a otro, por miedo a perderse algo. Le interesa incluso lo que no sirve a sus propósitos. Un grupo de hayas azules, por ejemplo, tan delicadas y larguiruchas que no merecen la pena. Ve las nervaduras oscuras, verticales, sesgadas sobre los troncos más claros; recordará dónde están. Le gustaría trazar un mapa mental de todos los bosques que ve, y aunque podría justificarlo invocando razones prácticas, no sería completamente cierto.

Un par de días después de la primera nevada está en un bosque mirando unos árboles marcados. Tiene derecho a estar allí; ya ha hablado con el granjero, que se llama Suter.
Un par de días después de la primera nevada está en un bosque mirando unos árboles marcados. Tiene derecho a estar allí; ya ha hablado con el granjero, que se llama Suter.

En la linde hay un vertedero ilegal. La gente ha ido tirando basura en ese sitio apartado en lugar de llevarla al vertedero municipal, cuyo horario quizá no les convenga o cuya situación quizá les pilla a trasmano. Roy ve algo que se mueve. ¿Un perro?
¿Un perro?

Y entonces el bulto se endereza y ve que es un hombre con un abrigo mugriento. Se trata de Percy Marshall, que anda rebuscando en el basurero. Antes en estos sitios se encontraban objetos de valor, botellas o vajillas viejas o incluso alguna caldera de cobre, pero ya no es tan fácil. Además, Percy no es un rebuscador experto. Se limita a detectar cualquier cosa que pueda servirle, aunque cuesta trabajo imaginarse algo útil en ese montón de envases de plástico, pantallas rotas y colchones con el relleno salido.

Percy vive solo en una habitación de la parte trasera de una casa vacía y condenada en un cruce a unos kilómetros de allí. Anda por las carreteras, anda por la orilla de los riachuelos y por el pueblo, hablando para sí, a veces haciendo el papel de vagabundo estúpido y a veces presentándose como astuto personaje local. Lleva una vida de desnutrición, suciedad e incomodidades por decisión propia. Intentó instalarse en el Asilo del Condado, pero no pudo soportar la rutina ni la compañía de tantas otras personas mayores. Hace mucho tiempo tuvo una granja bastante buena, pero como la vida de granjero le resultaba demasiado monótona llegó hasta lo más bajo con el contrabando, los robos chapuceros en viviendas y varias temporadas en la cárcel, y en los últimos diez años ha logrado recuperar una posición más segura con la ayuda de la pensión de vejez. Incluso han publicado su fotografía y un artículo sobre él en el periódico del pueblo.

El último de su raza. Un espíritu libre del pueblo comparte historias e ideas.

Sale del vertedero trabajosamente, como si se sintiera obligado a dar un poco de conversación.

—¿Vas a sacar los árboles esos?

—Podría ser —dice Roy.

Piensa que a lo mejor Percy busca que le regalen un poco de leña.

—Pues más vale que te des prisa —dice Percy.

—¿Por qué?

—Todo esto se lo llevan bajo contrato.

Roy no puede evitar halagarlo preguntándole qué contrato es ése. Percy es un cotilla pero no un mentiroso. Al menos con las cosas que le interesan de verdad, como tratos, herencias, seguros, robos en viviendas y cuestiones monetarias de todas clases. Una sorpresa para quienes lo creen un vagabundo filosófico embebido en sus recuerdos de antaño. Aunque también puede descolgarse con un poco de todo eso si es necesario.

—He oído hablar de un tipo. Cuando estaba en el pueblo —dice Percy alargando el asunto—. No sé. Parece que este tipo es dueño de un aserradero, tiene un contrato con el River Inn y les va a suministrar toda la leña que necesiten para el invierno. Una cuerda al día. Eso es lo que queman. Una cuerda al día.

—¿Dónde has oído eso? —dice Roy.

—En la cervecería. Sí, vale, voy de vez en cuando. Nunca más de una pinta. Y esos tipos yo no sé quiénes eran, pero tampoco estaban borrachos. Hablaron de dónde estaba el bosque y seguro que es éste. El de Suter.

Roy había hablado con el granjero la semana anterior y creía que el trato estaba cerrado, que ya solo faltaba ponerse manos a la obra.

—Es un montón de leña —dice tranquilamente.

—Pues sí.

—Si tienen intención de llevársela toda necesitarán un permiso.

—Claro. A menos que haya algo raro —dijo Percy con profunda satisfacción.

—No es cosa mía. Tengo trabajo de sobra.

—Claro. De sobra.

Durante el camino de regreso a casa Roy no deja de pensar en lo que le han contado. Ha vendido leña al River Inn de vez en cuando, pero deben de haber decidido contratar a un solo proveedor, y no es él.

Piensa en los problemas de sacar tanta madera cuando ya ha empezado a nevar. Lo único que se podía hacer era sacar los troncos a campo abierto, antes de que empezara el invierno de verdad. Habría que llevárselos cuanto antes, amontonarlos, aserrarlos allí mismo y cortarlos más adelante. Y para sacarlos haría falta un bulldozer, o al menos un tractor grande. Se tendría que abrir un sendero y retirar los troncos con cadenas. Se necesitaría una cuadrilla; un par de hombres no serían suficientes de ninguna manera. Habría que hacerlo a gran escala.

De modo que no parecía un trabajo a tiempo parcial, como lo que hacía él. Seguramente sería un equipo grande, alguien de fuera del condado.

Cuando habló con él Eliot Suter no le insinuó nada sobre esa oferta. Pero quizá alguien le habría propuesto algo después y decidió olvidarse del acuerdo informal a que había llegado con Roy. Decidió dejar entrar el bulldozer.

Roy pasa toda la tarde pensando en llamar por teléfono para peguntar qué ocurre, pero se imagina que si el granjero ha cambiado de idea no hay nada que hacer. Un acuerdo verbal no es necesario cumplirlo. El granjero podía mandarlo a paseo.

Tal vez lo mejor que puede hacer Roy es actuar como si no supiera nada de lo que le ha contado Percy, como si no supiera nada del otro tipo. Entrar allí y llevarse todos los árboles que pueda lo más rápido posible, antes de que llegue el bulldozer.

Naturalmente, siempre cabe la posibilidad de que Percy se equivoque por completo. No es probable que se lo haya inventado para fastidiar a Roy, pero sí que lo haya entendido mal.

Sin embargo, cuanto más lo piensa más rechaza esa posibilidad. No para de imaginarse el bulldozer y los troncos con cadenas, las grandes pilas de troncos en los campos, los hombres con motosierras. Así es como se hacen las cosas hoy en día. Al por mayor.

Esa historia lo ha afectado tanto, en parte, porque no le gusta nada el River Inn, un hotel a orillas del río Peregrine. Está construido sobre las ruinas de un viejo molino no lejos del cruce donde vive Percy Marshall. En realidad el hotel es el propietario del terreno en que vive Percy y de la casa que ocupa. Tenían pensado derribar la casa, pero resulta que a los huéspedes del hotel, que no tienen gran cosa que hacer, les gusta bajar por la carretera a hacer fotos del edificio abandonado, del viejo escarificador y del carromato boca abajo que hay al lado, de la bomba inservible y de Percy, cuando se deja fotografiar. Algunos huéspedes lo dibujan. Vienen incluso de Ottawa y Montreal y sin duda creen que están en un lugar remoto.

Los del pueblo van al hotel con ocasión de una comida o una cena especiales. Lea fue una vez, con el dentista y su esposa y la higienista y su marido. Roy no quiso ir. Dijo que no quería una comida que costaba un ojo de la cara, aunque lo pagara otro. Pero no sabe exactamente qué tiene contra ellos. No está en contra de la idea de que la gente se gaste el dinero con la esperanza de divertirse, ni de que otras personas ganen dinero a costa de quienes quieren gastarlo. Cierto que las antigüedades del hotel habían sido restauradas y tapizadas por otros artesanos —gente que no era de allí—, pero si se lo hubieran pedido a él probablemente se habría negado, alegando que tenía demasiado trabajo. Cuando Lea le preguntó qué creía que pasaba con el hotel, lo único que se le ocurrió decir fue que cuando Diane había pedido trabajo allí de camarera la habían rechazado, diciendo que estaba demasiado gorda.

—Y lo estaba —dijo Lea—. Lo está. Ella misma lo reconoce.

Es verdad, pero Roy sigue pensando que esa gente son unos esnobs. Unos esnobs y unos aprovechados. Están construyendo edificios nuevos que fingen ser una tienda y una ópera antiguos solo para impresionar a los demás. Queman leña para impresionar. Una cuerda al día. Y ahora un obrero con un bulldozer nivelará el bosque como si se tratara de un maizal. Justo el comportamiento prepotente que sería de esperar, el abuso que cualquiera sabe que podrían cometer.

Le cuenta a Lea lo que ha oído. Sigue contándole cosas —por rutina—, pero ya está tan acostumbrado a que no le preste atención de verdad que apenas se da cuenta de si responde o no. En esta ocasión Lea repite lo que él ha dicho.

—Es igual. Ya tienes suficiente trabajo.

Roy contaba con esto, tanto si Lea estaba bien como si no. Que no entendiera nada. Pero ¿no es eso lo que les pasa a las esposas —y probablemente también a los maridos— en el cincuenta por ciento de los casos?

A la mañana siguiente trabaja un rato con una mesa de alas abatibles. Tiene intención de pasar todo el día en el cobertizo y terminar un par de encargos atrasados. Hacia mediodía oye el ruidoso silenciador del coche de Diane y se asoma a la ventana. Habrá venido para llevar a Lea a la reflexóloga (cree que a Lea le va bien y Lea no se opone).

Pero va hacia el cobertizo, no hacia la casa.

—¿Qué tal? —dice.

—¿Qué tal?

—¿Mucha faena?

—Como siempre —dice Roy—. ¿Quieres trabajo?

Es su saludo rutinario.

—Ya tengo. Oye, a lo que he venido es a pedirte un favor. Quiero que me dejes el camión. Mañana, para llevar a Tiger al veterinario. No me apaño con él en el coche. Se ha hecho demasiado grande para el coche. No me hace ninguna gracia tener que pedírtelo.

Roy dice que no se preocupe.

Tiger al veterinario, piensa. Eso les va a salir caro.

—¿No ibas a usar el camión? —pregunta Diane—. O sea, ¿puedes ir en el coche?

Naturalmente, Roy tenía intención de ir al bosque al día siguiente, siempre y cuando hubiera acabado ya los encargos. Llega a la conclusión de que tendrá que ir esa tarde.

—Te llenaré el depósito —dice Diane.

Así que otra cosa que deberá hacer es acordarse de llenarlo él, para que no tenga que hacerlo a Diane. Está a punto de decir: «Pues quiero ir allí porque ha surgido algo en lo que no puedo parar de pensar…», pero Diane ya ha salido a buscar a Lea.

En cuanto se pierden de vista y limpia las cosas sube al camión y va hasta donde estuvo el día anterior. Piensa en pararse y seguir interrogando a Percy, luego llega a la conclusión de que no serviría de nada. Tales muestras de interés podrían tentar a Percy a inventarse cosas. Piensa en volver a hablar con el granjero pero decide no hacerlo por las mismas razones que la noche anterior.

Aparca el camión en el sendero que lleva al bosque. El sendero se borra enseguida y Roy lo abandona incluso antes. Se pone a dar vueltas, mirando los árboles, que parecen igual que el día anterior, sin indicios de ser cómplices de ningún plan hostil. Ha llevado la motosierra y el hacha, y tiene la sensación de que debe darse prisa. Si aparece alguien por allí, si alguien lo aborda, dirá que tiene permiso del granjero y que no sabe nada de otro trato. Dirá además que tiene intención de seguir cortando árboles a menos que el granjero le diga personalmente que se marche. Si eso llega a ocurrir, tendrá que irse, por supuesto, pero no es muy probable que ocurra, porque Suter, un hombre robusto, tiene una cadera mal y no le da por andar mucho por su finca.

—… ninguna autoridad… —dice Roy hablando consigo mismo como Percy Marshall—. Quiero verlo por escrito.

Está hablando con el desconocido al que no ha visto jamás.

El suelo de cualquier bosque suele ser más agreste que la superficie del terreno que lo rodea. Roy siempre ha pensado que se debe a que los árboles caen, arrastran la tierra con las raíces y allí se quedan, pudriéndose. En el sitio donde han estado pudriéndose se amontona la tierra; donde las raíces la han arrancado quedan hoyos. Pero ha leído en alguna parte —hace poco, y le gustaría recordar dónde— que es por lo que ocurrió hace mucho tiempo, después del período glaciar, cuando el hielo que se formó entre los estratos de tierra los empujó hacia arriba, configurando extraños montículos, como ocurre actualmente en las regiones árticas. Allí donde no se ha despejado y trabajado el terreno permanecen los montículos.

Lo que le ocurre entonces a Roy es lo más corriente y al mismo tiempo lo más increíble. Es lo que le podría ocurrir a cualquier soñador despistado que caminara por el monte, a cualquier turista que contemplara boquiabierto la naturaleza, a alguien que pensara que el bosque es una especie de parque para pasear tranquilamente. A alguien que llevara zapatos ligeros en lugar de botas y no se molestara en fijarse un poco por dónde pisa. A Roy no le ha pasado nunca en los cientos de veces que ha andado por el bosque; ni siquiera ha estado a punto de pasarle nunca.

Lleva un rato cayendo una fina nieve que deja la tierra y las hojas muertas resbaladizas. Un pie se escurre y se tuerce y el otro se hunde en la broza cubierta de nieve hasta el suelo, que está más abajo de lo que Roy pensaba. Es decir, pisa sin cuidado —casi se cae— en un sitio por el que habría que pasar con cautela, vigilando, y que convendría evitar si cerca hubiera otro mejor. Aun así, ¿qué ocurre? No se cae de golpe como si hubiera tropezado con una madriguera de marmota. Pierde el equilibrio, pero se tambalea muy a su pesar, al borde de la incredulidad, y se cae con el pie que ha resbalado atrapado bajo la otra pierna. Aparta la motosierra del cuerpo y tira el hacha, pero no con bastante fuerza: el mango le da un buen golpe en la rodilla de la pierna torcida. Aunque la sierra lo ha arrastrado hacia ella, al menos no se ha caído encima.

Ha notado cómo descendía casi a cámara lenta, dándose cuenta de ello y sin poder evitarlo. Podría haberse roto una costilla, pero no ha sido así. Y el mango del hacha podría haber saltado y haberle golpeado en la cara, pero tampoco. Podría haberse hecho un tajo en la pierna. Piensa en todas esas posibilidades sin ningún alivio inmediato, como si aún no estuviera seguro de que no han ocurrido. Porque el modo en que ha empezado todo aquello, la forma de resbalar, pisar la broza y caer ha sido tan ridícula, tan torpe y tan inverosímil que podría haber tenido las consecuencias más absurdas.

Comienza a levantarse. Le duelen las dos rodillas, una por el golpe del mango y la otra porque ha chocado con fuerza contra el suelo. Se agarra al tronco de un cerezo joven —con el que podría haberse machacado la cabeza— y se aúpa poco a poco. Prueba a descargar el peso del cuerpo sobre un pie y con el otro, el que ha resbalado y se ha torcido, apenas toca el suelo. Enseguida lo intentará con ése. Se inclina para recoger la sierra y está a punto de caerse de bruces otra vez. Siente una explosión de dolor desde el pie hasta el cráneo. Se olvida de la sierra, se endereza, sin saber bien dónde ha empezado el dolor. Ese pie… ¿se ha apoyado en él al inclinarse? El dolor ha retrocedido hacia el tobillo. Estira la pierna cuanto puede y se la examina; después pone el pie con cuidado en el suelo, trata de sostener el peso del cuerpo. Siente un dolor increíble. No se puede creer que vaya a seguir así, que el dolor vaya a vencerlo. El tobillo debe de estar algo más que torcido; debe de ser un esguince. ¿Se lo habrá roto? Con la bota no parece distinto del otro, aún digno de confianza.

Sabe que tendrá que aguantar. Tendrá que acostumbrarse para salir de allí. Y lo intenta una y otra vez, sin resultado. No puede apoyar el peso en el pie. Debe de haberse roto. Un tobillo roto…, una lesión leve, desde luego, lo que les pasa a las ancianitas cuando resbalan en el hielo. Ha tenido suerte. Un tobillo roto, una lesión leve. Sin embargo, no puede dar un paso. No puede andar.

Lo que al fin comprende es que para volver al camión tendrá que abandonar el hacha y la motosierra y andar a gatas. Se agacha tan suavemente como puede y se arrastra hasta las huellas de sus pisadas, que empiezan a llenarse de nieve. Se acuerda de comprobar que el bolsillo donde lleva las llaves está cerrado con cremallera. Se deshace de la gorra —la visera le impide ver— y la deja allí tirada. Le cae la nieve sobre la cabeza descubierta, pero no hace tanto frío. Una vez que acepta ir a cuatro patas como medio de locomoción, no va tan mal, es decir, no es imposible, aunque le cuesta trabajo apoyándose en las manos y la rodilla buena. Va con cuidado, reptando por la broza y sorteando los arbolillos, por el terreno desigual. Aun cuando llega a una pendiente por la que podría dejarse caer no se atreve; tiene que proteger la pierna lesionada. Se alegra de no haber pasado por ningún sitio enlodado y también se alegra de no haber esperado más para empezar a retroceder; la nieve arrecia y sus huellas están casi borradas. Sin ese rastro le resultaría difícil saber, desde el suelo, si va por buen camino.

La situación, que al principio veía tan irreal, empieza a parecerle más natural. Avanzando con la ayuda de las manos, los codos y una rodilla, rozando el suelo, comprobando si un tronco está podrido y después apoyándose en el vientre, llenándose las manos de hojas podridas, tierra y nieve —no puede llevar los guantes, no puede agarrarse bien ni palpar las cosas del suelo sino con las manos desnudas, frías y llenas de rasguños—, ya nada le sorprende. Deja de pensar en el hacha y la sierra que ha dejado atrás, aunque al principio le costara alejarse de ellas. Apenas piensa en cómo ocurrió el accidente. Ha ocurrido y ya está. Ya no le parece ni increíble ni raro.

Tiene que remontar un terraplén bastante pronunciado, y cuando llega arriba se toma un respiro, aliviado por haber avanzado tanto. Se calienta las manos metiéndolas en el chaquetón, una después de la otra. Por alguna razón se pone a pensar en Diane, con su chaquetón de esquí rojo tan poco favorecedor, y llega a la conclusión de que su vida es su vida, de que no sirve de mucho preocuparse por ella. Y piensa en su mujer, que finge reírse ante el televisor. En su silencio. Al menos ella está a salvo, segura, no deambulando por esas carreteras como una refugiada. Pueden pasar cosas peores, piensa. Mucho peores.

Empieza a subir la cuesta, clavando los codos y la rodilla dolorida pero más o menos útil allí donde puede. Sigue subiendo; aprieta los dientes como si así pudiera evitar resbalar hacia abajo; se aferra a cualquier raíz al descubierto o tallo medianamente resistente que encuentra. A veces se escurre, se suelta, pero consigue pararse y empieza a trepar poco a poco. No levanta la cabeza para calcular cuánto le falta por recorrer. Si finge que la pendiente no tiene fin, llegar arriba será una especie de incentivo, una sorpresa.

Tarda un buen rato, pero finalmente alcanza terreno llano y por entre los árboles y la nieve ve el camión. El camión, el viejo Mazda rojo, un amigo viejo y fiel, esperándolo como un milagro. Ya en terreno llano recupera la confianza en sí mismo y se pone de rodillas, sirviéndose con cautela de la pierna herida; se alza tembloroso sobre la pierna buena, arrastrando la otra, tambaleándose como un borracho. Intenta andar a la pata coja. Nada; así perdería el equilibrio. Intenta descargar un poco de peso sobre la pierna herida, con delicadeza, y comprende que el dolor podría hacerle perder el conocimiento. Vuelve a desplomarse y se pone a andar a gatas, pero en lugar de acercarse al camión por entre los árboles va torciendo en ángulo recto hacia donde sabe que está el sendero. Una vez allí avanza más rápido, reptando sobre los surcos endurecidos, el barro que se ha deshelado con el sol pero que empieza a helarse otra vez. Es una crueldad para la rodilla y las palmas de las manos, aunque mucho más fácil que el camino que había tenido que seguir antes, de modo que casi se siente mareado. Ve el camión. Mirándolo a él, esperándolo.

Será capaz de conducir. Qué suerte haberse hecho daño en la pierna izquierda. Ahora que ha pasado lo peor, lo asaltan un montón de preguntas fastidiosas, aparte de cierto alivio. ¿Quién irá a recoger la sierra y el hacha, cómo va a explicar dónde están? ¿Cuánto tardará en cubrirlas la nieve? ¿Cuándo podrá volver a andar?

Es inútil. Aparta estos pensamientos, levanta la cabeza para cobrar ánimos mirando el camión. Vuelve a pararse para descansar y calentarse las manos. Ya podría ponerse los guantes, pero ¿por qué estropearlos?

Un pájaro grande alza el vuelo cerca de él y Roy estira el cuello para ver qué es. Cree que un halcón, pero podría ser un águila. Si es un águila, ¿le habrá echado el ojo, pensando en la suerte que tiene, al ver que está herido?

Espera a que vuelva volando en círculos para saber qué es por la forma de planear, y por las alas.

Y mientras tanto, mientras espera y se fija en las alas del ave —es un águila—, va comprendiendo de una forma completamente distinta la historia que le preocupa desde hace veinticuatro horas.

El camión se mueve. ¿Cuándo ha arrancado? ¿Mientras Roy observaba el pájaro? Al principio es solo un ligero movimiento, un temblorcilio sobre los surcos; podría tratarse de una alucinación. Pero oye el motor. Está en marcha. ¿Se habrá metido alguien mientras él estaba distraído o había alguien esperando todo el tiempo? Desde luego lo ha cerrado, y tiene las llaves. Vuelve a palpar el bolsillo, con la cremallera cerrada. Alguien le está robando el camión delante de sus narices, y sin las llaves. Chilla y grita, agachado como está, como si fuera a servir de algo. Pero el camión no está retrocediendo para dar la vuelta; se acerca a él dando tumbos, y la persona que va al volante toca el claxon, no a modo de aviso, sino de saludo, mientras reduce la velocidad.

Roy ve quién es.

La única persona que tiene el otro juego de llaves. La única persona que podía ser. Lea.

Intenta trabajosamente descargar el peso sobre la pierna buena. Lea salta del camión, corre hacia él y lo sujeta.

—Acabo de caerme —le dice Roy jadeando—. Es la mayor tontería que he hecho en mi vida.

Después piensa en preguntarle cómo ha llegado hasta allí.

—Pues no he venido volando —dice ella.

Ha venido en el coche, dice —habla como si nunca hubiera dejado de conducir—, ha venido en el coche, pero lo ha dejado en la carretera.

—Es demasiado ligero para este sendero —dice—. Y he pensado que a lo mejor me quedaba atascada. Pero no, porque el barro está duro. Vi el camión. Así que vine hasta aquí andando, lo abrí y entré. Supuse que volverías pronto, al ver que estaba nevando. Pero lo que no podía imaginarme es que ibas a volver a cuatro patas.

El paseo, o quizá el frío, le ha iluminado la cara y le ha agudizado la voz. Se agacha y examina el pie de Roy; dice que cree que está hinchado.

—Podría haber sido peor —dice Roy.

Lea dice que ésta ha sido la única vez que no estaba preocupada. La única vez que no lo estaba y debería haberlo estado. (Roy no se toma la molestia de decirle que no ha mostrado preocupación por nada desde hace meses). No había tenido ningún presentimiento.

—Venía a contártelo —dice—, porque no podía esperar más para contártelo. Lo que se me ocurrió cuando esa mujer me estaba dando el masaje. Y de repente te veo a gatas. Y pienso: Ay, Dios mío.

—¿Qué se te ocurrió?

—Ah, eso —dice Lea—. Bueno, no sé qué pensarás tú. Puedo contártelo más tarde. Tenemos que arreglarte ese tobillo.

¿Qué se te ocurrió?

Lo que se le ocurrió a Lea es que el equipo del que ha oído hablar Percy no existe. Percy oyó algo pero no sobre unos desconocidos que sacaron el permiso para cortar árboles. Lo que había oído era sobre Roy.

—Porque ese viejo de Eliot Suter es un bocazas. Conozco a esa familia, la mujer era la hermana de Annie Poole. Anda por ahí soltando lo del trato que ha hecho, venga a exagerar, y ¿qué pasa? El River Inn, para que no falte, y encima cien cuerdas al día. Uno que mientras bebe cerveza escucha a otro que bebe cerveza y ya la hemos liado. Y tú tienes una especie de contrato, o sea, un acuerdo…

—A lo mejor es una tontería… —dice Roy.

—Ya sabía yo que ibas a decir eso, pero si lo piensas…

—A lo mejor es una tontería, pero es lo mismo que se me ha ocurrido a mí hace cinco minutos.

Y así es. Es lo que le vino a la cabeza mientras contemplaba el águila.

—Pues ya ves —dice Lea, riendo satisfecha—. La que se monta con cualquier cosa remotamente relacionada con el hotel. Una historia de ganar mucho dinero.

Eso era, piensa Roy. De quien hablaban era de él. Todo el follón por él.

No vendrá el bulldozer, no se juntarán los hombres de las motosierras. El fresno, el arce, el haya, el quiebrahachas, el cerezo, todo a salvo y para él. Todo a salvo, de momento.

Lea jadea por el esfuerzo de sujetar a Roy, pero es capaz de decir:

—Los genios pensamos igual.

No es momento para hablar del cambio que ha experimentado, como tampoco gritarías para felicitar a alguien que está encaramado a una escalera de mano.

Roy se ha dado un golpe en el pie al izarse —y ser izado— hasta el asiento del pasajero del camión. Se queja, y el quejido es distinto que si hubiera estado solo. No es que quiera dramatizar el dolor, sino que lo expresa así ante su mujer.

O se lo ofrece a su mujer. Porque sabe que no se siente como pensaba que se sentiría si ella recuperase la vitalidad. Y el ruido que hace podría ser para disimular esa carencia, o para disculparla. Por supuesto es natural mostrarse cauto, pues no sabe si va a durar o si es flor de un día.

Pero aunque durase, aunque fuera bien, hay algo más. Una pérdida que enturbia la ganancia. Una pérdida que le avergonzaría reconocer si tuviera fuerzas.

La oscuridad y la nieve son demasiado densas para distinguir nada más allá de los primeros árboles. Roy ya ha estado allí a esa hora, cuando cae la oscuridad a principios del invierno. Pero ahora presta atención, nota algo en el bosque que cree haber pasado por alto en las otras ocasiones. Qué caótico es, qué profundo y secreto. No se trata de un árbol después de otro, son todos los árboles juntos, instigándose y secundándose unos a otros, entretejiéndose en un solo cuerpo. Una transformación, a tus espaldas.

El bosque tiene otro nombre, un nombre que le ronda la cabeza, que entra y sale hasta que casi lo atrapa. Pero no lo consigue. Es una palabra altisonante, que parece siniestra aunque indiferente.

—Me he dejado el hacha —dice mecánicamente—. Me he dejado la sierra.

—Bueno, ¿y qué? Ya encontraremos a alguien que vaya a buscarlas.

—Y el coche. ¿Te lo llevas tú y me dejas que yo coja el camión?

—¿Te has vuelto loco?

Lea habla distraída, porque está dando marcha atrás para llevar el camión hasta el cruce. Poco a poco, pero no demasiado, pegando botes entre los surcos pero sin desviarse del sendero. Roy no está acostumbrado a los espejos retrovisores desde ese ángulo; baja la ventanilla y asoma la cabeza mientras la nieve le da en la cara. No solo para ver qué hace Lea, sino para intentar despejar el cálido atontamiento que lo invade.

—Despacio —dice—. Eso es. Despacio. Muy bien. Vas muy bien. Vas muy bien.

Mientras habla Lea dice algo sobre el hospital.

—… que te echen un vistazo. Lo primero es lo primero.

Que Roy sepa, Lea nunca había conducido el camión. Es extraordinario lo bien que se le da.

«Foresta». Ésa es la palabra. Aunque no es una palabra nada extraña, lo más seguro es que Roy no la haya usado nunca. De una seriedad que normalmente a él lo echaría para atrás.

—La foresta abandonada —dice, como si eso pusiera fin a algo.

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