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Ariel Landsberg

Licenciado en Publicidad de la UCES, amante de la tecnología y la naturaleza. SEO Specialist con trayectoria en desarrollo de negocios y experiencia como Brand Manager. Entendimiento 360 de negocios con marcado perfil digital.

Relato de Cultura Digital #1 – Juana Isola

Nota escrita por Manuel Tacconi
Contenido supervisado por Claudio Heilborn

1. Un nuevo amigo te pasa un mix de youtube de pop chileno. Te sentís identificado. Después de una desilusión amorosa, te vas a vivir al desierto de Atacama. Construís una casa en los médanos. Reflexionás sobre la soledad, usas turbante. Vivís una catástrofe natural: una tormenta de arena vuela tu casa. Salís despedida 300 metros, el polvo y las piedras te dejan ciega. Pasás un tiempo que no podes definir en el hospital. Volvés a la sociedad sin recursos, dicen que jamás podrás adaptarte. Pedís trabajo en el puerto. Entrás a trabajar a un barco pesquero a cambio de hospedaje. De noche te sentás en la proa y reflexionás sobre la soledad. Un buque japonés asesina a toda la tripulación y te secuestra. Te convertís en uno de ellos. Un viejo capitán confiesa de qué se trata: langostas. Tu madre tiene la mejor receta de langostas thermidor.

2. Llamás a tu mamá desde Okinawa. Tu madre dice que no es posible, que su hija está en casa. Te pasa con ella y hablás por teléfono con vos misma. El desdoblamiento de tu identidad te causa un profundo estrés, el capitán te da licencia psiquiátrica. Le besas la frente de un impulso y pedís disculpas. Aprovechas esos días libres para visitar la playa. Tu grupo de amigos desea que te mejores y te manda el siguiente link: http://es.wikipedia.org/wiki/Historia_de_la_depresión El barman de la playa te lee en voz alta los principios básicos de la depresión. Te sentís identificada con algunos. Caminás hacia el mar y te sentás en las rocas. Reflexionas sobre la soledad. Las olas frías te van mojando la pollera hasta que el agua te llega a la cintura. Pasan las horas y al llegar la noche, una langosta se apoya en tu pierna.

3. La langosta te confiesa que quiere morir. Te susurra al oído una receta perfecta y muere instantáneamente. La anotás en caracteres japoneses. Invitás al capitán a cenar. Corrés con la langosta en la mano hasta la cocina, la abrís al medio, la llenas de algas y hierbas, la pones en una placa de acero, le das pinceladas de jugos naturales, la metes en el horno. Esperas 30 minutos. Preparás una mesa con pétalos y velas. Volvés a creer en el amor. Servís un plato abundante. Tocan el timbre. Se sientan enfrentados con la servilleta colgando del cuello y sonríen. Vas a probarlo y una tormenta de arena vuela tu casa.

 

Manuel Tacconi
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